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Maremoto boricua

04/08/2019 - 12 pm 0
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por Octavio Spíndola Zago
Lo sólido se desvanece... 

Por Octavio Spindola Zago
Las conmemoraciones están atravesadas por estructuras repetitivas. Las revoluciones se anclan en proyecciones de la potencia. 
La pregunta por la nación –que podríamos caracterizar como un escenario simbólico puesto en acto por montajes culturales y libretos políticos-, aparejada a la interrogante sobre su implicación adyacente, el nacionalismo –una suerte de articulación espiritual de una comunidad imaginaria con tradiciones artificiosas-, es tanto espinosa cuando se visita para interpelar, a la vez que exquisita cuando se está buscando legitimación. Quizá, podríamos convenir que la máxima agustiniana vertida en Confesiones tiene una afanosa validez a este respecto: “Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé”.

Los acontecimientos, por antonomasia, en que se detiene la cadencia de las rutinas que llenan lo cotidiano, anulando lo mundano, y reflexionar acerca de esta ecuación son las convulsiones revolucionarias orientadas a expectativas promisorias, así como las festividades conmemorativas de onomásticos cívicos. El retorno al pasado para justificar el presente y señalar el futuro deseado, no es un simple ejercicio de ocio intelectual. Comporta la arena de disputa por el medio de sentido en que habitamos, por la unidad de actualidad y posibilidad fundamentales a la decisión. Las conmemoraciones están atravesadas por estructuras repetitivas. Las revoluciones se anclan en proyecciones de la potencia.
La lengua es una máquina de guerra que enmascara empresas ideológicas. 
En ambos momentos, característicos de la modernidad, aparecen evidencias que dan razón a la perspicaz insinuación de Max Weber de que el origen de las naciones se recrea en el lenguaje, a través de sermones, discursos, arengas, manifiestos, proclamas, epístolas.

El lenguaje es uno de los referentes claves para integrar una comunidad. El historiador Reinhart Koselleck ha afirmado instructivamente que desde el Tratado de Versalles hasta la actualidad, la lengua es una máquina de guerra que enmascara empresas ideológicas. Los grupos políticos recurrieron a ésta para resarcir las brechas dramáticas entre comunidades y clases sociales con poca tradición política compartida, como el caso de los alemanes o los franceses, quienes “no permitieron el desarrollo de minorías lingüísticas en su territorio”, para integrarlos a la identidad colectiva hegemónica.

Enclavado en el corazón del mar caribeño, ahí donde el Atlántico se funde con el sol abrazando las costas de una de las Antillas mayores, está Puerto Rico. Las calles de San Juan, su capital, han estado saturadas de carteles recriminadores contra la corrupción y la agonía política provocada por la filtración de mensajes repletos de frases misóginas, racistas y homofóbicas, de funcionarios del gobierno. Los colores de la monoestrellada se mezclan con multitudes al grito de "¡Ricky, puñeta, el pueblo se respeta!”, y musicalizan sus protestas de hartazgo con conciertos improvisados de reggaetón de René Pérez Joglar, Residente; Nicky Jam; Daddy Yankee; Benito Martínez, Bad Bunny.

La fiesta estalló cuando la gente escuchó en silencio el mensaje transmitido en cadena nacional el 25 de julio desde La Fortaleza (la mansión del gobernador). La espada flamígera de la opinión pública cayó sobre el cuello del gobernador Ricardo Roselló: "Luego de escuchar el reclamo, hablar con mi familia, pensar en mis hijos y en oración, he tomado la siguiente decisión. Con desprendimiento, hoy les anuncio que estaré renunciando al puesto del gobernador, efectivo el 2 de agosto, a las 5 de la tarde". Pero luego de esa primera reacción chispeante, hubo manifestantes que, lejos de ver en la renuncia de Rosselló el fin de las protestas, sintieron que se trataba solo de una escala más hacia un objetivo mayor, una renovación política más profunda.

La historia de Puerto Rico es enigmática para la mayoría de los latinoamericanos, acostumbrados a conocer de su existencia sólo por la participación de su contingente en las gestas deportivas, desfilando con su flameante bandera boricua (por más de uno confundida con la cubana) en las inauguraciones, y dado la ausencia de notas periodísticas en la prensa de sus países. Pero sería indicio de ingenuidad asumir que un escándalo epistolar detonó este maremoto, sin precedentes en la isla. Los chats de Rosselló con sus funcionarios, develados por una pesquisa de 899 páginas del Centro de Periodismo Investigativo, han sido la gota que derramó el vaso.

La filtración ocurrió pocos días después de que el FBI arrestó a dos exfuncionarios del gobierno insular (la secretaria de Educación, Julia Keleher, y la directora de la Administración de Seguros de Salud, Angie Ávila), como parte de una investigación federal de corrupción relacionada con programas de salud y educación, es decir, por el saqueo de fondos públicos por medio de venta de influencias, contrataciones y obtención de beneficios. La evidencia contundente fue el agravamiento de la crisis, aun sin cicatrizar, que siguió a la devastación por el huracán María del 2017. Significó el peor desastre natural en la historia de la isla, provocando unas 4600 muertes, según un estudio de la Universidad Harvard.
La complicidad entre la clase gobernante boricua con sectores corruptos de la economía y el aparto político estadounidense, manipulando fondos, cifras y licitaciones, se colude con el acceso casi ilimitado a préstamos de fondos buitres. Vaya fiesta de tiburones que condujo a Puerto Rico al despeñadero 
El Departamento de Estado norteamericano ha amonestado al gobernador por su incompetente gestión de los daños y al gabinete por no comprobar transparentemente el destino de los 40 mil millones de dólares asignados por Washington para responder a la emergencia. Incluso, la Oficina de Ética Gubernamental sostuvo que se está investigando a la secretaria de Justicia, Wanda Vázquez, por su negativa a indagar irregularidades en el manejo de dichos fondos. Vázquez es, ni más ni menos, que quien asumirá el relevo al frente del gobierno puertorriqueño.

La complicidad entre la clase gobernante boricua con sectores corruptos de la economía y el aparto político estadounidense, manipulando fondos, cifras y licitaciones, se colude con el acceso casi ilimitado a préstamos de fondos buitres. Vaya fiesta de tiburones que condujo a Puerto Rico al despeñadero, alcanzando hace tres años una descomunal deuda pública, 100 mil millones de dólares, lo que llevó al gobierno a la bancarrota y puso la economía isleña bajo supervisión de una Junta de Control Fiscal nombrada por el Congreso estadounidense, dotada de facultades para intervenir fiscalmente a fin de velar por el pago de la deuda a los bonistas, poniendo en entredicho la soberanía de Puerto Rico.

¿Qué pasará ahora? Lejos de intentar emular a una pitonisa, proponemos la coyuntura que enfrentan los puertorriqueños. Lo que antes hemos descrito como “multitud”, en realidad está integrada por grupos neonacionalistas de izquierda entre independentistas y autonomistas, aquí se encuentra Carmen Yulín, copresidente del comité de campaña de Sanders, que cohabitan al interior del principal partido de oposición, el Popular Democrático. En contrapunto están los bloques de derecha entre anexionistas y trumpistas, encabezados por Jenniffer González, que se debaten la agenda del partido de Roselló, el Nuevo Progresista. Ambas posiciones del espectro político convergieron en exigir la renuncia inmediata del gobernador. Sin embargo, sospecho que la confrontación entre ellos se desatará agravada para decidir el destino del «territorio no incorporado» a Estados Unidos (eufemismo para nombrar a la colonia boricua).

El amplio espectro de aportaciones federales desde USA, que llega a 20 mil millones de dólares anuales, que sostiene, la red vial, la educación pública y el acceso a servicios sociales, así como las raciones dosificadas de self-government que coexisten con los derechos y obligaciones de que disfrutan como ciudadanos de la Unión (de segunda, no obstante), al decir de politólogos de la Universidad de Puerto Rico, mantiene al grueso de los estratos medios y trabajadores a sentirse cómodos con su situación neocolonial. Para ilustrarlo: el voto vinculado a la agenda anexionista (ahora en el gobierno) se ha incrementado en las últimas décadas y ha alcanzado una mayoría leve, pero creciente en la Cámara de Representantes local. 

La relación con Estados Unidos data de 1998, cuando las tropas norteamericanas llegaron a la isla al mando del general Nelson A. Miles. Después de arrancarle la isla al dominio decadente de España, se estableció entonces un gobierno militar bajo la autoridad del general John F. Brooke, y con ello se sentaron las bases asimilacionistas de “la política lingüística que se implantó en Puerto Rico, pues comenzó todo un proyecto educativo encaminado a la enseñanza obligatoria del inglés” (Carmen Orama, “Puerto Rico y sus pugnas político-linguísticas”). Si bien el sistema educativo sigue siendo el estadounidense, en 1993 entró en vigor una ley que establecía que ambos idiomas eran cooficiales para los asuntos del gobierno.

El debate cultural por la cuestión nacional se reactivó, primero en 19 98 con motivo del centenario de la Guerra Hispanoamericana, y en 2015, cuando el Senado boricua discutió el proyecto 1177 para declarar al español idioma oficial. En el primer caso, de acuerdo con Francisco Castrillo, en “Cien años de la Guerra Hispanoamericana”, la clase gobernante desplegó una retórica y actividades culturales que ratificaban la inclinación identitaria de la isla con el Tío Sam. Por ejemplo, en el Memorial Day, se realizó un acto conjunto en el Cementerio Nacional de Arlington para rendir tributo simbólico a los combatientes que independizaron la isla.

Para el caso de 2015, la polémica fue más aguda. Eduardo Bhatia, y José Nadal Power, del PNP, se opusieron al proyecto, esgrimiendo que “en el siglo XXI los esfuerzos gubernamentales deben ir dirigidos al 'pluriculturalismo', incluyendo la diversidad de idiomas, no que el Estado imponga un idioma oficial”. La independentista Lourdes Santiago rebatió arguyendo que “el español debe ser el único idioma oficial como vía para mantener la identidad cultural puertorriqueña”. Justo en 1991, España había otorgado el Premio Príncipe de Asturias de las Letras a Puerto Rico por su defensa del español.

¿Optarán los boricuas por darse por bien servidos con la renuncia de Roselló, capitalizarán este terremoto político para sacudirse el yugo colonial, se aliarán con los progresistas norteamericanos y negociarán mayores márgenes de autonomía para empoderar estructuras internas o se decantarán por anexionarse a la Unión?






Nota por:
Octavio Spíndola Zago

Licenciado en Historia por la BUAP. Miembro de la Red Temática de Investigadores sobre el Fenómeno Religioso en México (CONACYT), de la Red Internacional sobre Género y Espacio (UNAM/UAM) y del Comité Científico de Editorial Analéctica (Argetina). Ha sido evaluador de proyectos del FONDECYT (Chile) y docente de la Universidad Interamericana.

Octavio Spíndola Zago

Licenciado en Historia por la BUAP. Miembro de la Red Temática de Investigadores sobre el Fenómeno Religioso en México (CONACYT), de la Red Internacional sobre Género y Espacio (UNAM/UAM) y del Comité Científico de Editorial Analéctica (Argetina). Ha sido evaluador de proyectos del FONDECYT (Chile) y docente de la Universidad Interamericana.

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