abril 4, 2025 5:46 am
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Ayudar …o protagonizar y monetizar

Chinguamiga ha llegado a aquel punto de no retorno…eso o las redes volverán a olvidar. Pero por lo mientras, la indignación ya ha durado al menos un mes desde la publicación de su video “La deportaron de Estados Unidos y dejaron sin nada en México…Fuí a ayudarla”, cuyo título por sí mismo nos dice que podemos esperar del contenido. 

Quitando la xenofobia y racismo (que ni siquiera trata de esconderse en las críticas de algunas personas contra la creadora), hay una evidente y válida frustración que responde a una serie de actitudes y contenido cuestionable. No sólo Chinguamiga, sino creadores, influencers e incluso cualquier persona con acceso a redes o plataformas. 

Aunque ahora sobresalen los memes, la cancelación y la “funa”, siempre es idóneo preguntarnos de qué manera ocurre la ayuda, la donación y el apoyo a grupos vulnerables o personas o situaciones complicadas, y en qué momento se abandona la intención original (si es que la hubo) para convertirse en una forma de monetizar o protagonizar por encima de las voces que viven la situación. 

Gentrificación… y algo más 

La denuncia a Chiguamiga ha venido de la mano, desde hace varios meses, con la gentrificación. Tiempo acumulado de una molestia generalizada que se ha acrecentado en los últimos años por el robo descarado de espacios en nuestro país -consecuencia de la privatización, en su mayoría-, culminarían en en el llamado a dejar de enaltecer a figuras como Chinguamiga. 

No hay que negar que, si bien no está exenta de promover, aunque sea mínimamente, este proceso de desplazamiento (con la exotización de nuestros sitios, costumbres y modos de vida), otra vez se ha querido depositar toda la problemática en una sola persona o situación. Y, nos guste o no, no corresponde únicamente a la creadora (o las personas, con mayor poder adquisitivo, que migran al país). 

Pero tampoco hay que hacer de la vista gorda que, aún con todo las criticas contra la forma de manejo de su contenido -que ocasionalmente deja de centrarse en los choques culturales para romantizar las partes más “cómicas” o “llamativas” de México-, Chiguamiga ha decidido ignorar y aprovecharse de las millones de visitas que generan sus videos. 

Claro, sí hay una relación entre la gentrificación y una soberbia extranjera, pero en esta polémica, la clave es el posicionamiento desde el privilegio. 

El problema con Chiguamiga, tiene más relación con su privilegio inmediato ante los contextos en los que fuerza su presencia y la manera en que esto le ha permitido instrumentalizar las experiencias de comunidades o grupos a los que no pertenece y a los que mucho menos se ha querido adaptar. 

Vale más quedarse como el ajeno y exotizar. Vale más obtener una ganancia en dólares que recibir pesos. Tiene más impacto generar contenido rápido,  . Y claro que, para creadores como estos, da igual estar informado correctamente sobre la complejidad de los temas con los que se trata. Porque el propósito no es informar ni ayudar, sino volverse el/la salvadora.

Pero sí algo se ha visto más claro desde Emilia Perez, ni México, ni Latinoamericana dejarán que el agravio discreto pase desapercibido. 

Yo o el otro 

Hace un par de semanas tuve la oportunidad de asistir a un conversatorio de mujeres periodistas de distintas partes de la república. Uno de los planteamientos con los que partían era la importancia de desprenderse de la idea detrás del “ser la voz” o “dar voz” de la causa, denuncia o comunidad con la que se mantiene comunicación. De lo contrario, arrebatamos su sentido de agencia y no hacemos más que contribuir con otra agresión. 

Está demás decir que Chiguamiga no es ni divulgadora de información, ni reportera, ni periodista, pero al menos, a sabiendas de que trataba con un tema que requiere investigación y cuidado, uno podría haber pensado que daría un trato distinto de su material audiovisual, al menos en única ocasión. Porque, al final, estos consideraciones de las que hablo no solo aplican al periodismo sino a cualquier ámbito que involucre el auxiliar o dar eco a alguna injusticia o desigualdad. 

Claro que… no fue el caso. 

Viene a juego el famoso salvador “blanco”, una forma de referir al sujeto europeo, estadounidense…blanco, que generosamente llega para ser quien rescata al oprimido, a quien se le debe todo y se agradece de por vida; para endiosar o poner en pedestal. 

Aquí lo quiero llamar salvador/salvadora privilegiadx, porque Chinguamiga no es blanca y además es imposible ignorar que es atravesada por la xenofobia y el racismo de las identidades asiáticas. 

No es blanca, pero sí es privilegiada, al grado de ver un apoyo como un reto al que darle “me gusta”. Quienes argumentan que la familia entrevistada en su video “quiso hablar” o “participar”, ignora deliberadamente factores como la cohesión, la presión, el desconocimiento o la propia necesidad que pudo fungir como factor final. 

De nuevo: Chingu no es la única. Recordemos todas esas dinámicas que se reproducen en plataformas en el mismo sentido y que ruegan por un “me gusta” o “una compartida” para continuar su cometido. Para decir “soy tan bondadosx” y luego olvidar y monetizar. 

La ayuda no es mala, y muchas veces la denuncia, el auxilio o las donaciones se documentan por cuestiones de transparencia. 

La ayuda no es mala pero sí lo pueden ser sus formas, cuando son casi condicionadas a un beneficio propio. Especialmente cuando tus ganancias por la exotización y ridiculización de una problemática seria son más del doble de la supuesta donación dada. 

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